Fidel Castro: de la utopía revolucionaria a la tragedia cubana

 



Por Joel Ortega Juárez

El 13 de agosto de 1926 nació Fidel Castro en una provincia de Cuba. Fue un joven de la clase pudiente cubana, hijo de un terrateniente que tuvo varios hijos, además de Fidel: Raúl y tres o cuatro hermanas.

Se dice, por algunos biógrafos, entre ellos Hernando Pacheco, que Raúl no era hijo de la misma madre que Fidel, e incluso se decía que ese elemento había producido distancia entre Fidel y Raúl, al cual le llevaba ocho años.

De cualquier manera, Fidel fue de joven militante del Partido Ortodoxo, que dirigía Raúl Chibás, un conductor de radio que, ante la dictadura de Batista y su asfixiante opresión, se disparó un balazo en las oficinas de la emisora.

Mientras que Raúl fue militante del Partido Socialista Popular, nombre que tenía el Partido Comunista en Cuba. Por cierto, ese partido fue participante del gabinete de Batista y Blas Roca, uno de sus dirigentes principales, fue miembro del gobierno de Batista con la cartera de ministro del Trabajo.

Blas Roca murió como uno de los más importantes líderes comunistas del continente. Y muchos años después, su hijo Vladimiro fue preso político del régimen de Castro por el simple delito de publicar sus opiniones.

Estuvo preso casi cinco años, durante los cuales vivió aislado, en el “apando”, como se dice en México, en una celda de cuatro por cuatro metros, sin el menor contacto con nadie, ni siquiera con sus guardias, que le pasaban la bandeja de la comida por debajo de la puerta y no le dirigían ni media palabra.

¿Una tortura? Quizá más cruel que las torturas físicas, pues puede condenar a la persona a vivir en un ostracismo tal que pierde el sentido del tiempo, el sentido de la vida.

Conocí a Vladimiro Roca en 2003, en la casa de Elizardo Sánchez, en La Habana, quien era presidente de una Comisión de Derechos Humanos tolerada por el régimen. Y, sin embargo, el aislamiento era total. Por la acera de la casa de Elizardo no pasaba nadie por temor a ser visto por los policías políticos y, de esa manera, sufrir represalias. Cruzaban a la acera de enfrente para pasar.

A pesar de que Vladimiro era un hombre muy conocido, nunca tuvo ningún privilegio. Su casa, que era la casa de su papá, Blas Roca, la mantuvo en uno de los barrios de La Habana, frente a la Plaza de la Revolución, donde estaban las casas de los grandes jerarcas. Y cuando murió, Blas mantuvo la casa. Pero le quitaron todo el archivo con libros y documentos de su papá.

Si eso le ocurría al hijo de uno de los más importantes personajes políticos de Cuba, imaginemos el trato que reciben los prisioneros políticos que no tienen ninguna fama, ningún pedigrí.

Pero iniciaré mi relato con otras cuestiones.

Desde niño, prácticamente a los 13 años, tuve conocimiento de Fidel y sus barbudos gracias a mi padre, que trabajaba en la Compañía Mexicana de Aviación y me llevaba cada semana o cada quincena los discursos que pronunciaba Fidel y que se editaban en unos folletos que se llamaban Obra Revolucionaria.

Mi papá, que trabajaba en la oficina de mensajería de la Compañía Mexicana de Aviación, recibía inmensas cantidades, toneladas, de propaganda cubana. Y se dio cuenta de que esa propaganda era decomisada por la policía política mexicana.

Les propuso a los de la Embajada de Cuba, entre ellos a su cónsul, de apellido catalán, que hicieran una trampa: mi papá compraría ese papel en calidad de papel para ser triturado, desechado, y él se los revendería a los de la Embajada para que lo hicieran circular y llegara a quienes quisieran recibir esa propaganda.

De esa manera tuve esa vinculación. Y fue muy importante el papel de Ascue, se llamaba el cónsul —el cónsul cubano en México—.

Cada discurso de Fidel era leído por mí con mucha emoción, con mucha pasión, porque me cautivaba su condición de líder no comunista ni capitalista.

Conservo entre mis documentos un folleto editado por el Departamento de América Latina, que rescaté de una bodega en la Embajada de Cuba, donde Raúl Roa, canciller cubano, en un discurso pronunciado en Naciones Unidas, reproducía las palabras de Fidel, que decía: la Revolución cubana no es roja ni azul. Porque frente al comunismo, que resuelve los problemas económicos de los trabajadores, pero les quita la libertad, y el régimen capitalista, en donde son explotados, Cuba tiene su propio camino. Su camino es el verde olivo.

Esa condición tercerista, digamos, de Fidel me produjo una gran simpatía. Repetía sus discursos con su tono de voz, como si fuera yo mismo el propio Fidel. Cosa que hacían otros muchos en el continente.

Particularmente recuerdo el discurso de Fidel escrito en la cárcel, en Isla de Pinos, titulado La historia me absolverá. Es una gran pieza oratoria y encierra un gran manifiesto liberal democrático contra la dictadura de Batista.

Y afirma Fidel: “Condenadme, no importa, la historia me absolverá”.

Él pensó siempre que sería el sucesor de José Martí y, por lo tanto, el hombre que consumara la independencia de Cuba.

La utopía inicial de la Revolución cubana se convirtió en una terrible pesadilla. Pero no fue así. Fidel, en el mejor de los casos, cuenta con la mitad de la aprobación fanática dentro de la isla y de mucha gente castrista en todo el mundo. Pero también cuenta con un repudio semejante dentro y fuera de la isla.

Repudio que ha llegado al extremo de que, en los últimos cinco años, desde los choques por la rebelión de San Isidro, de 2021 a 2026, han salido de la isla casi dos millones de personas huyendo de la miseria y de la dictadura.

La tragedia cubana es una terrible realidad que demuestra el fracaso del modelo de socialismo totalitario que exportó la ex Unión Soviética al conjunto de la Tierra y que se propagó en Europa, en el centro y este de la misma; en Asia, con China; en Vietnam; en Laos; y sin exceptuar Camboya, que sufrió una dictadura espantosa bajo el gobierno de Pol Pot. 

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