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miércoles, 12 de agosto de 2026

El mundo no solo parece peor: también revela lo que nunca quiso corregir

 




Por Anamaría del Rocío

Entre guerras transmitidas en tiempo real, instituciones internacionales debilitadas y una tecnología que avanza más rápido que la conciencia, la sensación de vivir en un mundo cada vez más cruel no es una ilusión completa: es también el reflejo de una crisis moral profunda.

El mundo vive rodeado de avances que hace apenas unas décadas habrían parecido milagrosos. La humanidad ha llegado a la Luna, ha desarrollado inteligencia artificial, ha expandido la medicina y ha conectado continentes enteros con una inmediatez antes impensable. Sin embargo, en medio de ese progreso material, persisten la guerra, el desplazamiento forzado, la represión, el hambre y la destrucción sistemática de vidas humanas. La contradicción no es menor. Obliga a preguntarse si estamos realmente avanzando o si solo hemos perfeccionado nuestras herramientas mientras dejamos intactas las raíces de la barbarie.

La sensación de que el mundo empeora se ha instalado en la conciencia cotidiana de millones de personas. No hace falta buscar mucho: basta con abrir una pantalla para encontrar ciudades arrasadas, familias huyendo, cuerpos bajo los escombros, discursos de odio normalizados y gobiernos cada vez más dispuestos a administrar el sufrimiento con lenguaje burocrático. Lo inquietante es que esa percepción no nace únicamente del exceso informativo. También nace de una verdad incómoda: el progreso técnico no ha estado acompañado por un progreso moral equivalente.

Durante mucho tiempo se repitió la idea de que la historia avanzaba, aunque lentamente, hacia formas más altas de civilización. Más derechos, más democracia, más instituciones, más conciencia global. Pero esa narrativa ha chocado una y otra vez con los hechos. El siglo XX dejó guerras mundiales, genocidios, dictaduras, persecuciones políticas y sistemas enteros organizados para la aniquilación. El siglo XXI no erradicó esa herencia: la transformó. Cambiaron los métodos, se sofisticaron las justificaciones, se multiplicaron los dispositivos de control, pero la capacidad humana para humillar, expulsar, bombardear y exterminar sigue ahí, activa y legitimada en demasiados casos.

Hay, además, un factor decisivo en esta sensación de deterioro permanente: hoy vemos casi todo. La tecnología que prometía acercarnos también nos expone de forma continua al dolor del mundo. Las tragedias ya no tardan semanas en llegar al conocimiento público ni pasan necesariamente por filtros institucionales. Circulan al instante, se repiten hasta el agotamiento y se incrustan en la vida diaria como una corriente constante de alarma. Eso no significa que el sufrimiento sea nuevo; significa que la distancia entre el hecho y nuestra percepción se ha reducido drásticamente. El horror ya no ocurre lejos: entra en casa, en el bolsillo, en la vigilia.

Sin embargo, sería demasiado cómodo pensar que todo se reduce a una distorsión mediática. No es solo que ahora veamos más; es también que las estructuras creadas para contener la violencia global han mostrado sus límites de manera dolorosa. Las instituciones internacionales, nacidas tras las grandes catástrofes del siglo pasado con la promesa de preservar la paz y proteger la dignidad humana, suelen quedar atrapadas entre vetos, intereses geopolíticos y una aplicación desigual del derecho internacional. La justicia internacional se invoca con firmeza frente a los débiles y con cautela frente a los poderosos. Esa asimetría erosiona la confianza pública y alimenta la idea de que el orden mundial no está diseñado para evitar la barbarie, sino para administrarla.

En ese contexto, la crisis contemporánea no es solo política: es ética. El verdadero problema no es que el ser humano carezca de conocimiento o de medios. Nunca habíamos tenido tanta capacidad para curar, alimentar, producir, conectar o prevenir. Lo que falta es la voluntad de poner esa capacidad al servicio de la dignidad humana por encima del cálculo económico, el interés militar o la conveniencia ideológica. Ahí está el núcleo del malestar de nuestra época: no en la escasez de recursos, sino en la jerarquía de valores que decide cómo y para quién se usan.

Y, sin embargo, la historia no está escrita únicamente por la violencia. También está hecha de resistencia, memoria, arte, pensamiento crítico y solidaridad. Cada vez que el poder ha intentado normalizar el horror, han existido voces dispuestas a denunciarlo. La literatura, la música, el periodismo, la filosofía y la organización de los pueblos no han sido adornos de la civilización, sino una de sus defensas más serias frente a la degradación moral. La conciencia no surge sola del progreso; necesita ser cultivada, defendida y, a menudo, pronunciada contra el ruido dominante.

Quizá por eso el mundo parece peor: no porque el horror haya nacido ahora, sino porque ya no puede ocultarse con la misma facilidad; no porque se haya detenido el conocimiento, sino porque ese conocimiento convive con sistemas que siguen premiando la dominación y el descarte; no porque la humanidad haya dejado de avanzar, sino porque no toda forma de avance merece llamarse civilización.

La pregunta, entonces, no es solo por qué el mundo parece descomponerse. La pregunta real es cuánto tiempo más seguiremos llamando progreso a una época que multiplica la potencia humana sin garantizar su conciencia. Mientras la dignidad siga subordinada al poder, la tecnología por sí sola no salvará a nadie. Y mientras no resolvamos esa fractura moral, el mundo seguirá pareciendo peor porque, en demasiados lugares, efectivamente lo es.

Fuente de referencia

  • Pressenza: The World Seems to Be Getting Worse: Why?

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El mundo no solo parece peor: también revela lo que nunca quiso corregir

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