Por La Redacción de Nuestra América Magazine
Durante más de un siglo, el modelo eléctrico tradicional funcionó fundamentalmente en una sola dirección: grandes empresas producían electricidad en enormes centrales y los consumidores se limitaban a recibirla y pagar por ella.
Las energías renovables están comenzando a modificar ese modelo.
Paneles solares, pequeñas instalaciones renovables, baterías y sistemas locales de distribución permiten que hogares, cooperativas y comunidades puedan convertirse también en productores de electricidad.
Para América Latina, esta transformación ofrece posibilidades particularmente importantes.
Millones de personas viven en comunidades rurales, zonas aisladas o territorios donde extender las grandes redes nacionales resulta costoso y complicado.
En esos lugares, producir electricidad cerca del sitio donde será consumida puede representar una alternativa.
Del consumidor al productor
La energía solar ha cambiado una parte importante de la ecuación.
A diferencia de una gran central termoeléctrica o hidroeléctrica, un sistema fotovoltaico puede instalarse en dimensiones muy diferentes: desde unos cuantos paneles en el techo de una vivienda hasta proyectos comunitarios capaces de abastecer a numerosos usuarios.
Esto permite imaginar comunidades donde escuelas, centros de salud, pequeños negocios y viviendas compartan parte de la electricidad generada localmente.
El desarrollo de baterías agrega otra posibilidad: almacenar parte de la electricidad producida durante las horas de mayor generación solar para utilizarla posteriormente.
Una transformación más amplia
La Agencia Internacional de Energía prevé un fuerte crecimiento de la energía solar durante los próximos años.
En Centro y Sudamérica, la generación fotovoltaica aumentará considerablemente hacia 2030, acompañada por una mayor participación de la energía eólica.
Pero para aprovechar plenamente esa transformación no basta con instalar paneles.
Los sistemas eléctricos necesitan nuevas reglas que permitan integrar generación distribuida, almacenamiento y participación de los consumidores.
Las comunidades energéticas también plantean preguntas sobre financiamiento, propiedad, mantenimiento y acceso.
Una comunidad de bajos ingresos difícilmente puede financiar grandes inversiones sin créditos, programas públicos o mecanismos cooperativos.
Por eso la transición energética no debería convertirse exclusivamente en una oportunidad para quienes poseen recursos suficientes para instalar tecnología.
Energía y autonomía local
La generación comunitaria puede tener además consecuencias sociales.
Una comunidad capaz de producir una parte de su electricidad puede reducir su vulnerabilidad ante interrupciones externas y utilizar los ahorros para otras necesidades.
En zonas rurales, disponer de energía confiable puede favorecer sistemas de bombeo de agua, refrigeración de alimentos y medicinas, comunicaciones, educación y pequeños emprendimientos.
No significa que las grandes redes eléctricas vayan a desaparecer.
Por el contrario, seguirán siendo fundamentales para garantizar estabilidad y suministro a millones de personas.
Lo que está cambiando es la relación entre productor y consumidor.
El futuro eléctrico latinoamericano podría estar formado no solamente por enormes centrales y largas líneas de transmisión, sino también por miles de pequeños productores conectados entre sí.
En esa transformación, algunas comunidades latinoamericanas comienzan a descubrir algo que hasta hace pocos años parecía reservado a las grandes compañías eléctricas:
ellas también pueden producir energía.
Fuentes informativas
Agencia Internacional de Energía (AIE/IEA): Electricity 2026 y perspectivas de generación renovable hasta 2030.
Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL): estudios sobre transición energética e infraestructura regional.
Naciones Unidas: información sobre energía sostenible, electrificación y desarrollo.

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