EN EL CENTENARIO DE FIDEL CASTRO: Los lazos perversos entre Cuba y México
Por Joel Ortega Juárez
Los lazos entre Cuba y México —para hablar de dos países, de dos conceptos, de dos Estados, de dos regímenes— no son un vínculo circunstancial, fortuito. Es un vínculo construido, generado, fortalecido por una red de relaciones ideológicas, de cosmovisiones, de cultura, de tradición, de lo que se llamaría una hegemonía en los términos clásicos de Gramsci. Y además de esa vinculación, de la liaison, o mejor dicho, junto a esa profunda articulación, se fue desarrollando también un conjunto de intereses muy materiales, muy políticos y, además, muy probablemente consolidados por la complicidad, desde la lucha compartida contra un enemigo común, el imperialismo yanqui, lo cual le da cierta ética, cierto respeto. Junto a esa lucha, también se produjo la perversión soberanista como instrumento para prácticas ilegales en relación con el derecho internacional.
Cuba, en la década de los 80, tuvo claramente en su política de Estado una vinculación con los cárteles colombianos que fue descubierta por los gringos y ante la cual estos emplazaron a Fidel a poner fin a esa relación o se vería confrontado al poderío norteamericano. Me refiero a la conocida práctica del Estado cubano de facilitar el tráfico de droga desde Colombia, específicamente del Cártel de Medellín, por aguas del Caribe, en embarcaciones que la transportaban sin ninguna restricción, sin ningún pudor. La droga era llevada ahí y desde ahí entraba a los Estados Unidos. Ante eso, Fidel, que era un genio político, un gran actor, rápidamente asumió que existía esa vinculación y se comprometió con los gringos a ponerle fin. Hábilmente aprovechó para matar varios pájaros de un tiro: hacía cumplir sus compromisos con los norteamericanos y, al mismo tiempo, aprovechaba el viaje para quitarse de en medio a posibles competidores de su control absoluto en la isla.
Y eso hizo: puso en evidencia que el llamado grupo MC, Moneda Convertible, que era la fachada para realizar todas esas operaciones ilegales, no solamente de drogas, sino de compra de marfil y, en cierta manera, también de la gran práctica ilegal de comerciar con arte falsificado, obra plástica de grandes autores cubanos como Portocarrero. Todo ese departamento de MC, que estaba en manos de los más altos mandos políticos de la isla, fue sacrificado a través de la persona de Arnaldo Ochoa, un general de gran prestigio por su papel en la guerra de Angola y que, además, Fidel detectó como un posible topo, un operador de la política soviética de Gorbachov, de realizar una perestroika en Cuba, la política económica distinta, de apertura, de la competencia, de los mercados, sin romper la esencia del Estado planificador, pero sí flexibilizando ese modelo tan rígido que llevó a la postre al debacle del socialismo soviético.
Ochoa fue escuchado en grabaciones en Angola, donde abiertamente decía que era el momento de realizar cambios en la isla. Al saber de esto, Fidel claramente optó por que Arnaldo Ochoa fuera el chivo expiatorio, entregando su cabeza a los gringos como prueba de su compromiso genuino de respeto a los acuerdos que tenía con el gobierno de los Estados Unidos. De esta manera, se abrió un conjunto de acciones completamente arbitrarias, de tipo claramente violatorio de los más elementales derechos humanos, y Ochoa y los hermanos De La Guardia fueron procesados en un juicio extraordinariamente arbitrario, prepotente, filmado por semanas y transmitido directamente por la televisión cubana, en el que, mediante chantajes a la vida de los prisioneros, a su relación con sus familias, fue logrando que el general Arnaldo Ochoa se declarara culpable de esa práctica ilegal y traidor a la Revolución cubana.
Eso culminó con el fusilamiento de Ochoa y de uno de los gemelos De La Guardia, el 13 de julio de 1989. A los gemelos De La Guardia Fidel los conoció desde el principio de la Revolución, en una regata en la Bahía de La Habana, que terminó ganando la pareja De La Guardia, lo que sedujo a Fidel. A partir de ese momento, los integró como su staff preferido para operaciones llamadas internacionalistas de alto riesgo. Los De La Guardia actuaron lo mismo en Chile, en Venezuela, en Nicaragua, en Angola, por supuesto, y en otras partes como tentáculos del gran pulpo que Fidel, en sus intervenciones, su injerencismo —dirían los antiyanquis—, en otras partes del continente y del planeta. Este juicio, que está accesible en YouTube en largas sesiones maratónicas, es verdaderamente infamante. Los llamados procesos de Moscú de los años 20 se quedan cortos ante esta farsa montada que terminó trágicamente con la ejecución de estos personajes.
Fidel salvó la cara, no perdió nada; al revés, consolidó su poder y, al mismo tiempo, fue construyendo su expansión en el continente por medio de la utilización de la geopolítica que lo tenía vinculado desde el principio de la Revolución con México. Y esa vinculación se hizo por medio de las relaciones más turbias entre ambos Estados, en las que uno de sus actores centrales fue Fernando Gutiérrez Barrios en la parte mexicana y, en la parte cubana, estaban tanto Barbarroja, el comandante Piñeiro, y también el poderoso ministro del Interior, Ramiro Valdés, recientemente fallecido.
En estos días, ha salido a la luz pública que el sobrino nieto de Fidel y nieto directo de Raúl, conocido como El Cangrejo, Raúl Guillermo Rodríguez Castro, ha sido un gran operador de la trata de migrantes de Cuba hacia América con la idea, como dice el corrido mexicano, de llegar al norte. Para esta operación empezó a dar permisos para viajar a Nicaragua a miles de personas sin necesidad de visa, los puso ahí, combinando eso con la operación de trata dirigida desde el Estado por El Cangrejo. Un éxodo inmenso de cubanos y cubanas hacia los Estados Unidos, atravesando, cruzando por territorio mexicano, no sin antes sortear miles de dificultades, a veces tan azarosas como la odisea: cruzando la selva del Darién, atravesando ríos, lagunas, arriesgándose a las picaduras de víboras, de cocodrilos, con familias cargando niños recién nacidos o con pocos años de edad, con mujeres embarazadas.
Una proeza muy impresionante, todo eso orquestado desde el Estado cubano. Es decir, Cuba ha sido un Estado que emplea su poder para realizar operaciones ilegales, como lo fue la ya comentada relación con los cárteles de Colombia y ahora también mediante la operación de los cárteles de trata de migrantes.
México tuvo desde el principio una hermandad, digamos que ideológica, cultural, política, que vinculó a las dos revoluciones, como se dijo durante décadas. La Revolución mexicana o, mejor dicho, su régimen, producto de la derrota de las fuerzas populares en la gran Revolución de 1910-20, la más larga hegemonía política en el planeta, superior en años a la soviética, a la china, a la propia cubana y a otras como las construidas en Argelia, Angola, el Congo y otras.
Toda esa red de poder de Castro, extraterritorial, de esa obsesión castrista por ser el Carlomagno de la era contemporánea o el Carlos V, o bien la figura que le gustaba más a Fidel, que es la de Aníbal. Los cubanos, en su ambición delirante por expandirse, por expandir la Revolución según ellos, llegaron a realizar operaciones en territorio mexicano como asaltos bancarios, a joyerías, secuestros, en los que intervino el propio hermano del Che Guevara y con la impunidad otorgada por la seguridad y la inteligencia política mexicana encabezada por Fernando Gutiérrez Barrios.
La tensión fue tal, como resultado de esas operaciones, que el propio Barbarroja tuvo que acudir a México y tener una entrevista con el presidente Miguel de la Madrid, el campeón del neoliberalismo, para salvar esa relación tan valiosa para Cuba, porque México fue el país desde el cual salió Fidel y sus barbudos a la isla, pero también el primero en reconocer a su régimen revolucionario, por ser el país que permitió el traslado por vía de su aeropuerto a La Habana de miles de simpatizantes y revolucionarios, rompiendo de esa manera el cerco de los gringos, y ahora también se sabe que tuvo un papel muy importante en la dotación de petróleo a Cuba, muchas veces prácticamente regalado.
Todos estos vínculos han generado esa relación tan especial. Muchas cuestiones de esa relación las relata Jorge Masetti en su libro El furor y el delirio. Itinerario de un hijo de la Revolución cubana.

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