Chile: 53 años después, la memoria es una forma de democracia

 



Por Armando García Álvarez

El 11 de septiembre de 1973 no es una fecha lejana ni un capítulo cerrado en la historia de Chile y América Latina. Es el día en que fue derrocado el gobierno constitucional de Salvador Allende, el Palacio de La Moneda fue bombardeado y comenzó una dictadura militar que se prolongaría durante diecisiete años.

Han pasado 53 años. Sin embargo, para miles de familias chilenas, el tiempo no ha borrado la ausencia de quienes fueron ejecutados, desaparecidos, encarcelados, torturados o forzados al exilio. La memoria no es una ceremonia anual ni un recurso político de ocasión: es una obligación con las víctimas y una condición necesaria para que la democracia no vuelva a ser destruida por la fuerza.

Ninguna diferencia ideológica, crisis económica o confrontación política puede justificar el bombardeo de la casa de gobierno, la clausura del Congreso, la persecución de ciudadanos, la censura ni la eliminación física de los adversarios. Cuando un Estado convierte al disidente en enemigo, deja de proteger a su pueblo y comienza a gobernar mediante el miedo.

El golpe chileno dejó una lección que pertenece a todo el continente. Las democracias no caen únicamente cuando aparecen los tanques en las calles. También se debilitan cuando se normaliza el odio, cuando se desprecia el voto popular, cuando se presenta la violencia como una solución y cuando los derechos humanos se someten a la conveniencia de quienes tienen poder.

Chile conoció el dolor de esa ruptura. Pero también ha mostrado una resistencia admirable: familiares que buscaron a sus desaparecidos; organizaciones que preservaron testimonios; periodistas, artistas, trabajadores y defensores de derechos humanos que se negaron a aceptar el silencio como destino. Su persistencia abrió caminos para la verdad, la reparación y la justicia, aun cuando esas tareas siguen incompletas.

En Nuestra América debemos recordar que la memoria no pertenece a una sola generación ni a una sola corriente política. Pertenece a los pueblos. Recordar el 11 de septiembre de 1973 es defender el derecho de toda sociedad a decidir su futuro sin golpes de Estado, sin terror y sin intervenciones que sustituyan la voluntad popular.

Hoy, cuando vuelven a escucharse voces que relativizan las dictaduras o justifican la violencia política, Chile nos llama a no ser indiferentes. La democracia no puede darse por garantizada. Se cuida todos los días: con instituciones sólidas, libertad de expresión, justicia independiente, participación ciudadana y respeto absoluto por la dignidad humana.

La Moneda bombardeada sigue siendo una imagen dolorosa. Pero también debe ser una advertencia y un compromiso: nunca más el poder de las armas por encima de la soberanía de los pueblos. Nunca más el miedo como política de Estado. Nunca más el olvido como respuesta a la injusticia.

Fuentes: Museo de la Memoria y los Derechos Humanos, Informe Rettig – Biblioteca Nacional de Chile, Instituto Nacional de Derechos Humanos de Chile.

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