Venezuela y el espejismo del nuevo pacto petrolero

 



Por La Redacción de Nuestra América Magazine

El reciente acuerdo petrolero entre Caracas y Washington ha sido presentado como una oportunidad histórica para reactivar la economía venezolana. En teoría, la flexibilización de sanciones y la apertura a nuevas operaciones podría devolverle oxígeno a un país cuya infraestructura energética ha sido devastada por años de mala gestión, corrupción y aislamiento internacional. Pero la letra fina del pacto revela un escenario mucho menos alentador.

Como advierte el economista Francisco Rodríguez en su columna para The New York Times, el arreglo se parece más a una privatización opaca del patrimonio petrolero venezolano que a un proyecto de recuperación nacional. La estructura del acuerdo —negociado entre élites políticas y empresariales, sin transparencia pública ni mecanismos de control democrático— sugiere que los beneficios no se distribuirán equitativamente entre la población. Por el contrario, podrían concentrarse en manos de actores cercanos al poder, reproduciendo las desigualdades que han marcado la era post‑rentista.

La paradoja es evidente: mientras el gobierno celebra la entrada de capital extranjero como un triunfo diplomático, el país corre el riesgo de profundizar su dependencia estructural. El petróleo, históricamente presentado como símbolo de soberanía, vuelve a convertirse en moneda de negociación geopolítica, esta vez bajo condiciones que podrían limitar aún más la autonomía del Estado venezolano.

En un contexto donde la transición democrática ya parece improbable, este acuerdo podría reducir aún más los incentivos para una apertura política real. Si la élite gobernante logra estabilizar sus ingresos sin necesidad de reformas institucionales, la presión interna y externa por democratizar el país perderá fuerza. El resultado sería un modelo híbrido: una economía parcialmente liberalizada, pero un sistema político cada vez más cerrado.

La pregunta de fondo es si Venezuela está entrando en una nueva fase de su historia petrolera —una donde la riqueza nacional se negocia en silencio, lejos del escrutinio ciudadano, y donde la promesa de prosperidad vuelve a ser un espejismo. En este pacto, como en tantos otros, el petróleo sigue hablando más fuerte que la democracia.

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