La "Doctrina Donroe": América Latina no es un patio trasero


Por Armando García Álvarez

Editor y Editor Ejecutivo

Estados Unidos lleva mucho tiempo llamando a América Latina su "patio trasero". La expresión no es inocente. Un patio trasero no es un hogar igualitario. Es un espacio que alguien cree poder vigilar, entrar, organizar, explotar y controlar.

El enfoque de Donald Trump hacia el hemisferio merece un nombre moderno para un antiguo instinto imperial: la "Doctrina Donroe". Es un término editorial, no un título oficial de la Casa Blanca. Combina el nombre de Trump con la Doctrina Monroe, la declaración de 1823 que advertía a las potencias europeas contra una mayor intervención en América, mientras situaba a Estados Unidos en el centro del poder hemisférico.

La doctrina original se presentó como una defensa contra el colonialismo europeo. Pero interpretaciones posteriores ayudaron a justificar una forma diferente de dominio. El Corolario Roosevelt de 1904 afirmaba que Estados Unidos podía intervenir en las naciones latinoamericanas cuando Washington decidiera que era necesaria. La historia que siguió incluye ocupaciones, invasiones, interferencias políticas, operaciones encubiertas, presión económica y apoyo a fuerzas autoritarias.

América Latina ha pagado un alto precio por esa historia.

La derrota de México en la guerra de 1846–48 y el Tratado de Guadalupe Hidalgo resultaron en la pérdida de una inmensa parte del territorio mexicano. En Guatemala, el derrocamiento de Jacobo Árbenz en 1954 siguió a una operación respaldada por Estados Unidos durante un periodo de conflicto por la reforma agraria y los intereses de la United Fruit Company. En Chile, el golpe militar de 1973 contra el presidente Salvador Allende se convirtió en uno de los símbolos más dolorosos de la intervención de la Guerra Fría en el hemisferio.

Estos no son episodios lejanos sin relevancia hoy en día. Revelan un patrón repetido: cuando están en juego los intereses económicos, estratégicos o políticos de actores poderosos en Washington, la soberanía de las naciones latinoamericanas puede considerarse negociable.

Durante generaciones, la riqueza natural de la región —su petróleo, minerales, tierras agrícolas, agua, bosques y mano de obra— ha ayudado a alimentar, abastecer y energizar a Estados Unidos y otras potencias industriales. Esta extracción ha estado vinculada, en diferentes momentos, a intervenciones directas, ocupación militar, invasión, desigualdades económicas y presión política.

Hoy en día, el control suele ser menos visible que en el pasado. Puede llegar a través de normas comerciales, deuda, condiciones de inversión, sanciones, dependencia tecnológica, regímenes de propiedad intelectual, acuerdos de seguridad, aplicación de la ley migratoria y acceso a recursos estratégicos.

Un acuerdo comercial no es automáticamente un instrumento de dominación. El comercio internacional puede beneficiar a todas las partes. Pero un acuerdo se vuelve desigual cuando restringe la capacidad de un país para desarrollar su propia tecnología, proteger industrias estratégicas, regular la inversión extranjera, defender los recursos públicos o tomar decisiones económicas independientes.

Lo mismo ocurre con la cooperación en materia de seguridad. El poder militar sigue formando parte de la ecuación. Estados Unidos mantiene una presencia militar continua y acuerdos de acceso en el hemisferio, incluyendo su base naval en la Bahía de Guantánamo en Cuba y la Fuerza de Tarea Conjunta–Bravo en la Base Aérea Soto Cano en Honduras. Más allá de las instalaciones formales, Washington opera mediante programas de entrenamiento, intercambio de inteligencia, operaciones antidrogas, ejercicios conjuntos y acuerdos de seguridad en toda la región.

Dicha cooperación debe estar sujeta a un escrutinio democrático. La seguridad es una preocupación legítima para toda nación. Pero los acuerdos de seguridad pueden convertirse en instrumentos de palanca política cuando se utilizan para moldear políticas internas, proteger intereses extranjeros o reducir el control independiente de un país sobre su territorio.

Por eso importan los debates actuales. La política migratoria y de deportación, las alianzas de seguridad con gobiernos centroamericanos, los acuerdos petroleros y de inversión que involucran a Venezuela, la presión sobre la política económica en Argentina, las preocupaciones sobre la influencia política en Brasil y la discusión sobre una posible instalación de seguridad fronteriza entre Colombia y Ecuador que involucre a Estados Unidos plantean cuestiones fundamentales.

La propuesta reportada Colombia–Ecuador no ha sido aprobada y no debe describirse como una base militar existente. Pero la posibilidad de compartir inteligencia, operaciones conjuntas y apoyo logístico en una frontera sensible ilustra cómo la seguridad, los recursos naturales, la tecnología, la migración y la influencia geopolítica están cada vez más conectados.

Los métodos de dominación han cambiado. Ayer, la intervención a menudo llegaba abiertamente a través de Marines, invasiones, golpes militares u ocupaciones. Hoy puede llegar a través de una cláusula comercial, un memorándum de seguridad, un acuerdo de deportación, un acuerdo energético, un paquete de sanciones, una operación de inteligencia o dependencia tecnológica.

La lucha por la soberanía no ha desaparecido.

Aquí es donde el papel de los aliados políticos regionales se vuelve decisivo. La cooperación con Estados Unidos no es traición. Los países latinoamericanos deben negociar, comerciar y mantener relaciones diplomáticas con todas las naciones. Pero cuando los líderes anteponen el poder personal, la ventaja partidista o la aprobación extranjera a la soberanía y dignidad de su pueblo, se convierten en lo que los latinoamericanos han llamado durante mucho tiempo vende patrias.

Un vendepatria no es simplemente un presidente que se reúne con Washington o atrae inversión extranjera. Es un líder que acepta acuerdos que debilitan las instituciones nacionales, ceden recursos públicos, criminalizan a los migrantes, silencian las críticas o convierten la política nacional en una extensión de la agenda de un gobierno extranjero.

América Latina no necesita administradores locales de las prioridades de Washington. Necesita líderes que puedan cooperar internacionalmente sin ceder la soberanía; que puedan afrontar el crimen organizado sin normalizar el control extranjero; que puedan buscar inversión sin revelar el futuro del país.

La región debe rechazar la falsa elección entre la sumisión y el aislamiento. América Latina puede construir relaciones con Estados Unidos, China, Europa, África y el resto del mundo sin convertirse en propiedad geopolítica de nadie. La integración regional, los acuerdos transparentes, el desarrollo tecnológico y la rendición de cuentas democrática son salvaguardas esenciales contra la dependencia.

La "Doctrina Donroe" no trata solo de un presidente. Es una advertencia sobre una tentación recurrente en la política exterior estadounidense: ver América Latina no como una comunidad de naciones soberanas, sino como un territorio a controlar.

Nuestra América no es un patio trasero. Es un continente de pueblos con sus propias historias, recursos, culturas, luchas democráticas y un derecho indiscutible a determinar su futuro.

Washington puede tener poder. Pero el poder no crea legitimidad.

Fuentes

 

Comentarios

Entradas más populares de este blog

El Colegio Nacional de Abogados Democráticos insta a defender la soberanía jurídica de México desde el Tribunal Constitucional

En México se aprueba el organismo gremial del Colegio Nacional de Abogados Democráticos, A.C. (CNAD).

EN EL CENTENARIO DE FIDEL CASTRO: Los lazos perversos entre Cuba y México