martes, 17 de marzo de 2026

Trump y Cuba: ¿nuevo riesgo o ambición?


Por Nuestra América Magazine News Desk

En una declaración que ya ha generado alarma en América Latina y más allá, Donald Trump afirmó que cree que podría tener “el honor de tomar Cuba”. La frase, breve pero cargada de peso histórico, revive recuerdos de una relación larga y conflictiva entre Estados Unidos y la isla—una relación marcada por la intervención, la dominación y la resistencia.

Las palabras de Trump ya sean retóricas o reflejo de una visión estratégica más amplia, no pueden separarse del profundo contexto histórico de las relaciones entre ambos países. Desde la Spanish-American War hasta la imposición de la Enmienda Platt, Estados Unidos ha ejercido repetidamente control sobre la soberanía cubana. La idea de “tomar Cuba” no es nueva: es una ambición de más de un siglo que ha resurgido en distintas formas, desde embargos económicos hasta operaciones encubiertas.

Durante la Guerra Fría, Cuba se convirtió en un punto focal de tensión geopolítica, especialmente después de la Revolución Cubana que llevó al poder a Fidel Castro. La fallida invasión de la Bahia de Cochinos y la Crisis de Misiles Cubanos consolidaron el papel de Cuba como símbolo de resistencia y como un punto crítico en la política mundial.

El lenguaje de Trump ahora corre el riesgo de reabrir esas heridas. La noción de “tomar” otro país—especialmente en América Latina—evoca el espectro de la Monroe Doctrine, una doctrina utilizada históricamente para justificar intervenciones estadounidenses en la región. Para muchos, esto no es solo una declaración: es una señal.

Los críticos sostienen que este tipo de retórica socava el derecho internacional y el principio de soberanía nacional. En una era ya marcada por la inestabilidad geopolítica—desde tensiones con Irán hasta cambios en las alianzas en el hemisferio occidental—este tipo de declaraciones podría intensificar la desconfianza y provocar consecuencias diplomáticas.

Los partidarios de Trump, sin embargo, podrían interpretar la declaración de otra manera: como una proyección de fuerza o como parte de una estrategia más amplia para presionar al gobierno cubano en medio de la crisis económica y política que atraviesa la isla. Aun así, incluso bajo esta interpretación, el lenguaje utilizado plantea serias preocupaciones sobre sus intenciones y consecuencias.

Para Cuba, una nación que ha soportado décadas de embargo y aislamiento, la idea de convertirse nuevamente en objeto de ambición estadounidense resulta profundamente inquietante. Para América Latina, es un recordatorio de que el pasado nunca desaparece por completo—que el lenguaje del imperio puede regresar, incluso en pleno siglo XXI.

En última instancia, la declaración de Trump plantea una pregunta incómoda: ¿se trata simplemente de teatro político o de la expresión de una dirección de política real? Si la historia sirve de guía, palabras como estas, raras veces carecen de consecuencias.

En el frágil equilibrio del orden global actual, invocar la idea de “tomar Cuba” no es solo provocador: es una advertencia.

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