Extracto del poema publicado en Nuestra América Magazine
La Herida y el
Vacío
Al Poeta Jaime
Sabines en su centenario
Por el Dr. Didier
Gómez Trujillo
Centenario de
lodo y de ceniza
tengo el nombre
pegado a la
lengua, con el
sabor de la tierra que se nos
mete en las uñas.
Y el verbo que atraviesa
la carne como un
cuchillo de sombra.
La taza está
vacía. La sed no tiene orilla.
Traes en el
itacate: los amorosos que van y vienen,
sedientos, sin
pausas ni planes, que
arrastraron su
lumbre hasta la almohada!
Sentado en
silencio, la primavera llega
y la hierba crece
sola.
Espero curarme de
ti, dijiste, y la herida
respondió
picante. Amar fue medicina y cuchillo,
una ceremonia
donde
el cuerpo aprende
sus nombres. Te vi
recostado sobre
el dolor, con
lindes de sal y
amapola.
Paradoja del
hombre, volver al precipicio:
besar la
cicatriz, nombrar el fantasma,
hacer de la
pérdida un oficio de las manos.
Al soplar la
vela, la llama se aferra.
No hay voz, no
hay ruego. Una mano aplaude al vacío.
Me doy cuenta de
que faltas. Tienes la
baldosa fría. Te
faltan las manos,
los libros, el
olor a hogar, y hasta las
pequeñas mentiras
que sostienen el día.
El cuenco está
roto. La sed permanece.
La falta deja
hojas secas en los zapatos.
Se instala en los
bolsillos, en la
arena donde
escribes y borras.
Cuando crees que
la falta es silencio,
te despierta el
clamor de la costumbre.
La Diosa se
refleja en el agua que se fue.
La muerte entró a
la casa con paso de
soldado. No vino
a robar, sino a reconocer
sus deudas: se
llevó el reloj y dejó
en la mesa la
mitad de un poema.
Una ráfaga de
viento. Las hojas vuelven a la raíz.
Padre monte y
catedral de silencio,
lo anunció la
campana, lo aprobó la mirada.
La niebla se
disipa. La luz es la misma.
Y tú, poeta,
recoges papeles como quien
remienda un país:
anotas el nombre,
encuentras en la
pérdida una familia.
De la muerte
aprendiste a barrer la sombra:
hombres que
lloran con las manos y dejan
florecer la
memoria como un jardín de ceniza.
Centenario
caminas en tus
versos. Los
amorosos regresan con
herrumbre de
cariño. Tú sabes que amar
es oficio y
ferretería: martillo para
el pecho, clavo
para el tiempo.
La flor se abre
al barro: cien años de savia.
Masticas el
nombre del pueblo en cada muela.
Por ti aprendimos
a decir te quiero,
a contar las
pérdidas como quien cuenta
semillas en el
desierto.
Que vengan los
amorosos, los fatigados,
el que todavía
espera curarse de ti.
Que vengan los
que notaron la falta
y la hicieron su
casa y su pan.
El invitado llega
cuando la casa está vacía.
Noche y día son
un solo parpadeo.
Celebremos con
vino y con silencio largo,
con los papeles
que arden como brasas,
con la llave que
rinde las puertas del cuerpo.
Tus poemas son la
casa de los que aman sin tregua.
En cada verso hay
un pueblo indomable,
sangre que se
enciende en los dientes.
La campana calla,
el sonido no cesa.
¿Quién es el que
ama? ¿Quién es el que recuerda?
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