jueves, 26 de marzo de 2026

NUESTRA POESIA: La Herida y el Vacío. Por el Dr. Didier Gómez Trujillo

 


Extracto del poema publicado en Nuestra América Magazine


La Herida y el Vacío
 
Al Poeta Jaime Sabines en su centenario
 
Por el Dr. Didier Gómez Trujillo

 

Centenario de lodo y de ceniza

tengo el nombre pegado a la

lengua, con el sabor de la tierra que se nos

mete en las uñas. Y el verbo que atraviesa

la carne como un cuchillo de sombra.

La taza está vacía. La sed no tiene orilla.

 

Traes en el itacate: los amorosos que van y vienen,

sedientos, sin pausas ni planes, que

arrastraron su lumbre hasta la almohada!

Sentado en silencio, la primavera llega

y la hierba crece sola.

 

Espero curarme de ti, dijiste, y la herida

respondió picante. Amar fue medicina y cuchillo,

una ceremonia donde

el cuerpo aprende sus nombres. Te vi

recostado sobre el dolor, con

lindes de sal y amapola.

Paradoja del hombre, volver al precipicio:

besar la cicatriz, nombrar el fantasma,

hacer de la pérdida un oficio de las manos.

 

Al soplar la vela, la llama se aferra.

No hay voz, no hay ruego. Una mano aplaude al vacío.

Me doy cuenta de que faltas. Tienes la

baldosa fría. Te faltan las manos,

los libros, el olor a hogar, y hasta las

pequeñas mentiras que sostienen el día.

El cuenco está roto. La sed permanece.

La falta deja hojas secas en los zapatos.

Se instala en los bolsillos, en la

arena donde escribes y borras.

 

Cuando crees que la falta es silencio,

te despierta el clamor de la costumbre.

La Diosa se refleja en el agua que se fue.

La muerte entró a la casa con paso de

soldado. No vino a robar, sino a reconocer

sus deudas: se llevó el reloj y dejó

en la mesa la mitad de un poema.

Una ráfaga de viento. Las hojas vuelven a la raíz.

 

Padre monte y catedral de silencio,

lo anunció la campana, lo aprobó la mirada.

La niebla se disipa. La luz es la misma.

Y tú, poeta, recoges papeles como quien

remienda un país: anotas el nombre,

encuentras en la pérdida una familia.

 

De la muerte aprendiste a barrer la sombra:

hombres que lloran con las manos y dejan

florecer la memoria como un jardín de ceniza.

Centenario caminas en tus

versos. Los amorosos regresan con

herrumbre de cariño. Tú sabes que amar

es oficio y ferretería: martillo para

el pecho, clavo para el tiempo.

 

La flor se abre al barro: cien años de savia.

Masticas el nombre del pueblo en cada muela.

Por ti aprendimos a decir te quiero,

a contar las pérdidas como quien cuenta

semillas en el desierto.

Que vengan los amorosos, los fatigados,

el que todavía espera curarse de ti.

Que vengan los que notaron la falta

y la hicieron su casa y su pan.

El invitado llega cuando la casa está vacía.

 

Noche y día son un solo parpadeo.

Celebremos con vino y con silencio largo,

con los papeles que arden como brasas,

con la llave que rinde las puertas del cuerpo.

Tus poemas son la casa de los que aman sin tregua.

En cada verso hay un pueblo indomable,

sangre que se enciende en los dientes.

La campana calla, el sonido no cesa.

¿Quién es el que ama? ¿Quién es el que recuerda?

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