Por Armando García Álvarez
A partir del mes de marzo de 2026, será
cada vez más difícil escribir sobre la vida y el legado del líder
mexico-estadounidense César Chávez, nacido un 31 de marzo de 1927. Este año
cumpliría 99 años. Y digo esto por las recientes noticias que alegan que Chávez
habría abusado de menores de edad e incluso de una de sus aliadas más cercanas
en la lucha sindical campesina: Dolores Huerta.
En cuestión de horas, tras la
publicación de estos señalamientos por parte de The New York Times a mediados
de marzo, y las declaraciones atribuidas a Huerta, la memoria de su legado
pareció desvanecerse del espacio público. Calles, murales y referencias
simbólicas comenzaron a desaparecer. Este fenómeno resulta profundamente
preocupante, ya que la comunidad inmigrante mexicana y mexico-estadounidense
pierde así una de sus figuras más emblemáticas en la lucha contra la
discriminación, el aislamiento y la persecución racial. El riesgo no es solo el
olvido inmediato, sino la eventual desaparición de su historia de los libros,
del discurso público y de la conciencia colectiva.
A continuación, presento una reflexión
sobre el legado de Chávez, basada también en mi experiencia personal al haber
trabajado con él entre 1981 y 1992.
Todos los pueblos han tenido figuras que
encarnan la lucha por la justicia social, líderes que se levantan en nombre de
los más necesitados: los marginados, los trabajadores invisibles, aquellos que
con su esfuerzo sostienen las economías, pero rara vez reciben reconocimiento.
Algunos de estos líderes logran avanzar su causa; otros son silenciados en el
camino. Pero todos dejan huella.
El dramaturgo alemán Bertolt Brecht lo
expresó con claridad: “Hay hombres que luchan un día y son buenos. Hay otros
que luchan un año y son mejores. Hay quienes luchan muchos años y son muy
buenos. Pero hay los que luchan toda la vida: esos son los imprescindibles”.
César Chávez fue uno de esos
imprescindibles. Nacido en 1927, falleció en 1993 a los 66 años, dejando una
herencia profunda para los trabajadores agrícolas en Estados Unidos, tanto para
su generación como para las futuras.
Décadas después de su muerte, su voz aún
resuena en muchos rincones del país, aunque en otros ha sido objeto de intentos
de borrado histórico. Aun así, miles continúan honrando su nombre mediante
marchas, movilizaciones y luchas por una reforma migratoria integral.
Chávez se convirtió en el referente del
campesinado en Estados Unidos. Logró lo que muchos intentaron sin éxito durante
años: construir un sindicato fuerte, una organización capaz de articular un
movimiento que transformó las condiciones laborales de miles de trabajadores.
Quienes tuvimos la oportunidad de
trabajar a su lado fuimos testigos de su compromiso con la lucha no violenta
por la justicia social. En un contexto donde muchos promovían la confrontación
armada como única vía de cambio, Chávez apostó por la resistencia pacífica y la
presión económica.
Su estrategia más poderosa fue el
boicot. A través de este instrumento, logró que grandes corporaciones agrícolas
cedieran ante la presión pública. Fue un arma económica eficaz que afectó
directamente los intereses de los sectores más poderosos.
Gracias a este movimiento, la sociedad
estadounidense comenzó a tomar conciencia de una realidad ignorada: que los
alimentos que llegan a la mesa son cosechados por manos que muchas veces no
tienen lo suficiente para alimentarse. Miles de campesinos llevaron su mensaje
a las ciudades, pidiendo a los consumidores no comprar productos manchados por
la explotación.
Chávez sostenía que el sufrimiento del
campesino no tiene precio, pero logró que ese sufrimiento comenzara a ser
reconocido mediante mejores condiciones laborales.
El movimiento que impulsó sembró las
bases de los avances que hoy vemos en la comunidad hispana en Estados Unidos.
Sin su ejemplo, difícilmente se habría alcanzado el nivel de conciencia social
y organización que hoy existe entre inmigrantes y ciudadanos de origen latino.
En 1984, Chávez afirmaba que muchas
personas en posiciones de influencia estaban, de una u otra forma, conectadas
con la lucha campesina, ya fuera participando en boicots o en manifestaciones.
Hoy, aunque ya no está físicamente
presente, su consigna de “¡Sí se puede!” sigue viva. Ha trascendido
generaciones y fronteras, siendo adoptada incluso en campañas políticas como la
del expresidente Barack Obama. Lugares emblemáticos como La Paz, en California,
donde reposan sus restos, fueron reconocidos a nivel nacional, y su figura
continúa presente en espacios simbólicos del poder estadounidense, como lo
demostró el expresidente Joe Biden al colocar un busto suyo en la Oficina Oval.
Su legado no debe olvidarse. Debe
estudiarse, debatirse y comprenderse en toda su complejidad. Las nuevas
generaciones de trabajadores —muchos de ellos inmigrantes provenientes de
América Latina— continúan enfrentando condiciones difíciles. Algunos heredarán
las conquistas logradas; otros seguirán siendo víctimas de explotación y
discriminación.
Sin embargo, las herramientas para
resistir y avanzar ya existen. No es necesario reinventar la lucha, sino
retomarla con claridad, organización y determinación.
Las batallas por la reforma migratoria y
por condiciones laborales dignas pueden ganarse sin recurrir a la violencia.
Ese fue el camino que Chávez trazó.
Seguir su ejemplo no implica ignorar los
cuestionamientos actuales, sino entender que la historia es compleja y que el
juicio del tiempo debe ser acompañado por reflexión, evidencia y
responsabilidad.
Porque al final, los pueblos no solo
necesitan memoria, sino también conciencia.
Armando García Álvarez
Fundador de Nuestra América Online Radio. Ha trabajado como corresponsal de la
agencia española EFE y de Hispanic Press News Agency en Washington, DC. Fue
columnista de Conexión Hispana en Texas, colaborador de Latino Leaders,
reportero en La Prensa y Rumbo en San Antonio, Texas y editor en múltiples
medios en California y Carolina del Norte. También se desempeñó como director
de Relaciones Públicas del sindicato United Farm Workers Union en California.

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