El ejemplo finlandés: criar con dignidad, trabajar con sentido.
Por: Bárbara Lera Castellanos.
Finlandia se ha consolidado como referente
global en políticas familiares y calidad de vida, demostrando que el bienestar
personal y profesional no son objetivos contradictorios, sino complementarios.
Su modelo ofrece lecciones valiosas para
naciones como Estados Unidos y México, donde las familias enfrentan desafíos
estructurales para conciliar trabajo, crianza y desarrollo humano.
El sistema finlandés de permisos
parentales, reformado en 2022, garantiza 320 días laborables de licencia
remunerada, distribuidos equitativamente entre ambos progenitores: 160 días
para cada uno, con la posibilidad de transferir hasta 63 días.
Además, la madre recibe 40 días de
prestación por embarazo antes del parto.
Esta política no solo promueve la
corresponsabilidad parental, sino que también fortalece el vínculo familiar
desde los primeros meses de vida.
Finlandia complementa estas licencias con
guarderías asequibles, atención prenatal gratuita, y un “lote de maternidad”
que incluye ropa y artículos esenciales para el recién nacido.
La sociedad finlandesa valora profundamente
el tiempo en familia, entendiendo que el cuidado infantil es una
responsabilidad compartida entre el Estado, las familias y la comunidad.
En contraste, Estados Unidos carece de un
permiso parental remunerado a nivel federal, mientras que México, aunque ha
avanzado con licencias de maternidad y paternidad, aún no alcanza la cobertura
ni la equidad del modelo nórdico.
Ambos países podrían aprender de Finlandia
que invertir en familias no es un gasto, sino una estrategia de desarrollo
sostenible.
El ejemplo finlandés nos recuerda que
detrás de cada política pública hay personas: madres, padres, niños y
comunidades que merecen condiciones dignas para florecer.
Estados Unidos y México tienen la
oportunidad de replantear sus prioridades, entendiendo que una sociedad que
cuida a sus familias es una sociedad que invierte en su propio futuro.
La verdadera prosperidad no se mide solo en
PIB, sino en el tiempo que un padre puede dedicar a su hijo, en la tranquilidad
de una madre que sabe que su empleo la espera y en la certeza de que ningún
niño queda atrás por falta de apoyo.
Adoptar este enfoque no requiere copiar un
modelo, sino abrazar un principio: que el bienestar humano es el corazón del
progreso.


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