sábado, 3 de enero de 2026

Editorial: Venezuela debe decidir su futuro — no Washington

 




Por Armando García Álvarez

La última intervención militar estadounidense en Venezuela marca una ruptura peligrosa en las relaciones hemisféricas y un grave revés para el derecho internacional. Sea cual sea la opinión que se tenga sobre el gobierno de Maduro, el cambio impuesto por el extranjero a través de la fuerza no es ni legítimo ni sostenible. La historia en toda América Latina enseña una lección dolorosa: las intervenciones enmarcadas como "liberación" con demasiada frecuencia terminan en dependencia, inestabilidad y sufrimiento prolongado para la gente común.

Condenamos la acción de Estados Unidos no porque el actual liderazgo venezolano esté fuera de toda crítica, sino porque  la soberanía no es condicional. Es un principio fundamental del sistema internacional. Cuando Estados Unidos elude la diplomacia y los mecanismos multilaterales para imponer resultados por la fuerza, erosiona las propias normas que dice defender. El precedente es corrosivo: hoy Caracas, mañana cualquier capital considerada incómoda.

La falsa elección: Autocracia o marioneta

El debate que ahora se impone a los venezolanos es un falso binarismo: o bien el mismo régimen arraigado o un líder instalado y sostenido por Washington. Este enfoque es profundamente antidemocrático. Venezuela merece un tercer camino: una solución venezolana, nacida del diálogo interno, elecciones libres con garantías creíbles y un acompañamiento internacional que apoye, no dicte.

Sustituir una concentración de poder por otra—especialmente una ligada a intereses extranjeros—no sanará las heridas de Venezuela. Un gobierno "aprobado por EE.UU." corre el riesgo de déficits inmediatos de legitimidad tanto en casa como en toda la región, encerrando al país en una polarización permanente. El resultado sería un gobierno por supervivencia, no por consentimiento.

Lecciones de la región

La historia moderna de América Latina está saturada de intervenciones que prometían orden y generaban el caos. Desde golpes de Estado disfrazados de anticomunismo hasta terapias de choque económico impuestas sin consentimiento social, el patrón es consistente: el control externo socava las instituciones y profundiza la desigualdad. La crisis de Venezuela—colapso económico, migración masiva, represión política—no puede resolverse repitiendo esos errores.

La verdadera estabilidad requiere reconstrucción institucional, no ingeniería de régimen. Requiere restaurar los controles y equilibrios, proteger las libertades civiles y crear condiciones económicas que permitan a las familias vivir con dignidad. Nada de eso se puede lanzar.

¿Qué debería liderar Venezuela?

Ni un solo hombre fuerte, ni un proxy extranjero. Venezuela debería estar liderada por una autoridad transitoria y plural que surja de las negociaciones entre actores venezolanos—gobierno, oposición, sociedad civil, sindicatos y comunidades religiosas—bajo garantías internacionales que respeten la soberanía. El papel de la comunidad internacional debe ser facilitador: alivio de sanciones vinculado a medidas verificables, corredores humanitarios aislados de la política y observación electoral acordada por todas las partes.

Los organismos regionales y las Naciones Unidas deberían ser los anclos de este proceso. Los vecinos latinoamericanos, que soportan el coste humano del desplazamiento, deben tener una voz decisiva. La influencia de Washington, si la hay, debería ser indirecta y responsable, canalizada a través de marcos multilaterales, no de helicópteros de ataque ni ultimátums.

El coste humano debe ser lo primero

Cada escalada aumenta el riesgo para los civiles. Los barrios más pobres pagan primero: cortes de luz, escasez, miedo. La intervención endurece las posiciones y reduce el espacio para el compromiso. Si el objetivo declarado son los derechos humanos, entonces acabar con la violencia y facilitar la ayuda debe tener prioridad sobre las victorias simbólicas.

Nuestra posición

Condenamos la intervención estadounidense por considerarla ilegal y contraproducente. Rechazamos la idea de que Venezuela deba elegir entre el mismo régimen o un títere estadounidense. El único camino legítimo a seguir es la autodeterminación, basada en el consenso venezolano y protegida por el derecho internacional.

El futuro de Venezuela pertenece a los venezolanos—no a Washington, ni a ningún palacio, ni a la lógica de la fuerza. El mundo debería ayudar a que Venezuela se mantuviera firme, no a decidir quién la gobierna.

 

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