Por la
Redacción de Nuestra América Magazine
Enero 3 de 2026
En la madrugada
del 3 de enero de 2026, Venezuela despertó bajo el estruendo de
explosiones, sobrevuelos militares y una atmósfera de incertidumbre que
rápidamente dio la vuelta al mundo. El gobierno de los Estados Unidos
confirmó una operación militar directa en territorio venezolano, una
acción que marca uno de los episodios más graves en la historia reciente de las
relaciones entre Washington y América Latina.
Las detonaciones
se escucharon en distintos puntos de Caracas, incluyendo zonas cercanas
a instalaciones estratégicas como La Carlota y Fuerte Tiuna,
mientras reportes ciudadanos señalaban interrupciones eléctricas, despliegue de
tropas y cierres de vías. Las imágenes difundidas en redes sociales mostraban
columnas de humo elevándose sobre la capital, generando pánico entre la
población civil.
La versión de
Washington
Desde Washington,
el presidente Donald Trump declaró que la operación tenía como objetivo “neutralizar
amenazas criminales y redes de narcotráfico” vinculadas al Estado
venezolano. Según la Casa Blanca, la acción formaría parte de una estrategia de
seguridad hemisférica que se venía desarrollando desde 2025 en el Caribe y el
norte de Sudamérica.
Funcionarios
estadounidenses aseguraron que se trató de una operación “quirúrgica”,
dirigida contra objetivos militares específicos, aunque no ofrecieron un
balance detallado de daños ni víctimas. La falta de información clara alimentó
críticas inmediatas tanto dentro como fuera de Estados Unidos.
Respuesta del
gobierno venezolano
El gobierno de Venezuela
calificó la acción como una “agresión imperialista” y una violación
flagrante de su soberanía nacional. Autoridades venezolanas denunciaron que el
ataque puso en riesgo a la población civil y anunciaron la activación de
protocolos de emergencia nacional.
Altos
funcionarios exigieron la intervención inmediata de la ONU y convocaron
a la comunidad internacional a condenar el uso de la fuerza. En un mensaje
transmitido por medios estatales, se llamó al pueblo venezolano a mantener la
calma, pero también a “defender la patria”.
Reacción
internacional: condenas y divisiones
La respuesta
global fue rápida y polarizada. Gobiernos de México, Brasil, Colombia
y Cuba condenaron la acción militar, señalando que América Latina
debe seguir siendo una zona de paz.
Por su parte, Naciones
Unidas fue presionada para convocar una sesión de emergencia del Consejo de
Seguridad, mientras diversos países europeos llamaron a la contención y al
respeto del derecho internacional.
Algunos líderes
conservadores en la región expresaron apoyo a la acción estadounidense,
evidenciando una profunda fractura política y diplomática en el
continente.
Impacto
humanitario y temor regional
Organizaciones
humanitarias advirtieron sobre el riesgo de una nueva ola migratoria, en
un país que ya enfrenta una de las mayores crisis de desplazamiento del mundo.
En barrios populares de Caracas y ciudades cercanas, familias permanecieron
resguardadas en sus hogares, mientras aumentaba la presencia militar.
En países
vecinos, especialmente en la frontera colombo-venezolana, se activaron planes
de contingencia ante un posible flujo masivo de refugiados.
Debate legal y
político
En Estados
Unidos, juristas y legisladores cuestionaron si la operación cuenta con autorización
constitucional, reavivando el debate sobre los límites del poder
presidencial y la aplicación de la Ley de Poderes de Guerra. A nivel
internacional, expertos señalan que la acción podría violar la Carta de la ONU,
al no existir una resolución que la respalde.
Un punto de
quiebre histórico
Más allá de los
argumentos oficiales, esta intervención representa un punto de quiebre
para la región. Para muchos analistas, revive los fantasmas de las
intervenciones del siglo XX y profundiza la desconfianza histórica hacia
Washington. Para otros, abre un escenario impredecible que podría redefinir el
equilibrio político en América Latina.
Lo cierto es que,
al iniciar 2026, Venezuela y el continente entero enfrentan horas decisivas,
marcadas por la incertidumbre, el temor y la urgente necesidad de soluciones
diplomáticas antes de que la crisis escale aún más.

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