lunes, 5 de enero de 2026

América Latina frente al intervencionismo de Estados Unidos: una herida que nunca ha cerrado.

 




Por Armando García Álvarez

Hablar de América Latina sin mencionar las invasiones e intervenciones de Estados Unidos es hablar de una historia incompleta. Desde el siglo XIX hasta el XXI, la política exterior estadounidense ha tratado a la región no como un conjunto de naciones soberanas, sino como un espacio subordinado a sus intereses estratégicos, económicos e ideológicos. El resultado ha sido una herida histórica que, lejos de sanar, sigue marcando el presente, como se ha visto en la madrugada del tres de enero pasado en Venezuela.

Los medios estadounidenses comentaron que la intervención en Venezuela, tiene mucha similitud cuando en diciembre de 1989, Estados Unidos invade a Panamá, para aprehender al presidente Manuel Noriega, acusado de narcotráfico.

Desde sus orígenes como potencia continental, Estados Unidos asumió que su expansión era un derecho natural o divino. Bajo la idea del “destino manifiesto”, se normalizó la guerra contra México en el siglo XIX, una invasión que no solo arrebató territorios, sino que dejó una lección duradera: la fuerza militar podía imponerse sobre la soberanía latinoamericana sin mayores consecuencias. Ese precedente se convirtió en patrón de política exterior.

Con el paso del tiempo, la intervención dejó de justificarse abiertamente como conquista territorial y adoptó nuevos disfraces: protección de inversiones, estabilidad regional, lucha contra el comunismo, defensa de la democracia o combate al narcotráfico. Pero el fondo fue el mismo: el control político y económico de países considerados parte de su esfera de influencia.



El siglo XX fue particularmente devastador. Las ocupaciones militares en el Caribe y Centroamérica, las invasiones abiertas y el respaldo a dictaduras dejaron millones de víctimas. Gobiernos democráticamente electos fueron derrocados por atreverse a tocar intereses empresariales o por intentar caminos económicos propios. A cambio, se impusieron regímenes autoritarios que gobernaron con represión, tortura y desapariciones, siempre bajo la sombra del apoyo externo.

Durante la Guerra Fría, América Latina fue tratada como un campo de batalla ideológico. No importó cuántos civiles murieran, cuántas comunidades fueran destruidas o cuántas generaciones crecieran bajo el miedo: lo esencial era impedir cualquier proyecto político que se apartara del modelo impuesto desde el norte. El anticomunismo se convirtió en una licencia para el horror. Las consecuencias aún se sienten en sociedades marcadas por la desigualdad, la desconfianza institucional y la violencia estructural.

Con la llegada del siglo XXI, algunos creyeron que esta etapa había terminado. Sin embargo, lo que cambió no fue la lógica, sino las formas. Las invasiones militares dieron paso a sanciones económicas, bloqueos financieros, operaciones mediáticas y presiones diplomáticas. Hoy se asfixian economías enteras en nombre de la democracia, mientras se ignora deliberadamente el impacto humano de estas políticas: pobreza, migración forzada y colapso de servicios básicos.

El discurso moralista que acompaña estas acciones resulta especialmente cínico. Se habla de derechos humanos mientras se respaldan gobiernos aliados con historiales cuestionables. Se invoca la libertad, pero se castiga a los pueblos cuando eligen caminos políticos no alineados. Se condena la migración, pero se omiten las responsabilidades históricas en la destrucción de las condiciones que obligan a millones a abandonar sus países.

Nada de esto ha sido casual. El intervencionismo ha servido para garantizar acceso a recursos naturales, mercados cautivos y posiciones geopolíticas estratégicas. América Latina ha pagado ese precio con sangre, inestabilidad y dependencia. Y cuando las consecuencias regresan en forma de crisis migratorias o violencia transnacional, se responde con muros, militarización y discursos de criminalización.



Esta historia no debe entenderse como un simple recuento del pasado. Es una advertencia sobre el presente. Cada vez que se normaliza una sanción colectiva, un golpe “institucional” o una injerencia “humanitaria”, se reactivan viejas prácticas que ya demostraron su fracaso moral y político. La región no necesita tutelaje ni castigos; necesita respeto a su autodeterminación.

América Latina ha resistido. A pesar de invasiones, dictaduras y presiones externas, sus pueblos siguen reclamando soberanía, justicia social y dignidad. Esa resistencia es la prueba de que la historia no está cerrada. Pero también es un recordatorio incómodo para quienes, desde el poder, insisten en repetir los mismos errores.

Reconocer el intervencionismo estadounidense no es un acto de resentimiento, sino de memoria. Sin memoria no hay justicia, y sin justicia no hay futuro. Mientras no se asuma esta responsabilidad histórica, la relación entre Estados Unidos y América Latina seguirá marcada por la desconfianza, la desigualdad y una herida abierta que atraviesa siglos.

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