Machado y
Bush, toto proporcionada por el autor
Por Ollantay
Itzamná
La reciente
entrega del Premio Nobel de la Paz a la líder opositora venezolana María Corina
Machado ha desatado una ola de debate global, reactivando una discusión que ha
marcado la historia del galardón: la aparente desconexión entre el espíritu del
premio y las trayectorias de algunos de sus laureados. Críticos de la decisión
señalan una preocupante tendencia del Comité Noruego del Nobel a premiar
figuras asociadas, según su visión, más a la confrontación política violenta
que a la construcción de la paz en su sentido más amplio.
El
otorgamiento a Machado, reconocida por el Comité por su «incansable labor en la
promoción de los derechos democráticos del pueblo venezolano», es visto por sus
defensores como un poderoso respaldo internacional a la lucha por la democracia
en un contexto de represión. Sin embargo, en Venezuela y entre analistas
internacionales, la distinción ha sido recibida con escepticismo por quienes le
atribuyen un historial de promoción de acciones de calle que, en ocasiones,
escalaron a niveles de violencia y polarización extrema.
Esta
controversia inevitablemente trae a la memoria la entrega del mismo premio al
expresidente de Estados Unidos, Barack Obama, en 2009. El galardón a Obama, que
se produjo apenas a nueve meses de su llegada a la Casa Blanca, fue recibido
con estupor y críticas generalizadas, sobre todo porque su gobierno, lejos de
detener los conflictos, intensificó la guerra en Afganistán y promovió otras
intervenciones militares. Para muchos, este antecedente sentó un precedente de
cómo el premio, en lugar de honrar la paz consumada, parecía alinearse con
agendas políticas y geopolíticas de Occidente.
Bajo esta
óptica, el premio a Machado es interpretado por voces críticas no solo como una
distinción a la confrontación interna, sino como un intento de injerencia y
afianzamiento externo para una actora política específica en Venezuela. La idea
que subyace es que el Premio Nobel de la Paz, en estos casos, se transforma en
una herramienta de política exterior que busca legitimar y potenciar figuras
capaces de derrotar al gobierno de Nicolás Maduro, instrumentalizando el ideal
de la paz en función de objetivos geopolíticos.
La pregunta
que resuena es si el Premio Nobel de la Paz ha mutado para convertirse, en
ocasiones, en un «Premio Nobel de la Violencia» o, al menos, un vehículo de
validación para la oposición política en países con conflictos internos,
poniendo la mira en la retórica de la lucha en lugar de en la diplomacia y la
reconciliación. El Comité del Nobel defiende sus decisiones como un
reconocimiento a la valentía y a la lucha por los derechos humanos; no
obstante, el debate sobre sus verdaderos criterios y el impacto de sus
elecciones en la polarización política sigue más vivo que nunca.

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