Por Ollantay Itzamná
En el Día
Internacional de la No Violencia, establecido por la ONU el 2 de octubre en
conmemoración del nacimiento de Mahatma Gandhi, la cultura de la no violencia
activa se alza como una necesidad ética y una estrategia política de máxima
relevancia. Lejos de ser pasividad, la no violencia activa, o resistencia no
violenta, implica la negación concertada y disciplinada del uso de la violencia
física para lograr el cambio social y político, empleando métodos de protesta y
de denuncia, no-cooperación e intervención no violenta.
Importancia
actual y desafíos estructurales
La importancia de la no violencia activa radica en su capacidad para ofrecer un
camino alternativo a los ciclos de venganza y escalada militar. En un contexto
global marcado por las guerras y la sombra del genocidio —como el que se
desarrolla en Palestina—, el principio de Gandhi de que la no violencia es «la
mayor fuerza a disposición de la humanidad» resuena con una urgencia crítica.
Es una herramienta que, históricamente, ha demostrado su eficacia para
desmantelar regímenes opresores y lograr independencias, al deslegitimar al
adversario y ganar apoyo popular e internacional.
No obstante, los desafíos son inmensos. En situaciones de violencia estatal o
conflicto armado a gran escala, la respuesta del poder es a menudo la represión
brutal, que pone en riesgo la vida de los activistas. Además, la cultura de la
no violencia se enfrenta a:
Asimetría de
poder: La confrontación
entre movimientos desarmados y Estados o grupos armados con capacidad
destructiva casi ilimitada.
Normalización
de la violencia: La
constante exposición mediática a la guerra y la violencia cotidiana que puede
minar la fe en métodos pacíficos.
Necesidad de
disciplina y estrategia:
El éxito de la resistencia no violenta requiere una planificación rigurosa,
entrenamiento y una disciplina férrea para evitar la respuesta violenta que
podría socavar la legitimidad del movimiento.
Resistencias
creativas: Semillas de esperanza regional y global
Frente a las violencias internacionales y cotidianas, la vitalidad de la no
violencia se manifiesta en las resistencias creativas regionales y globales.
Estas van más allá de las marchas tradicionales, utilizando el arte, la
cultura, la desobediencia civil innovadora y la organización comunitaria para:
Visibilizar la
injusticia: Mediante
performances, instalaciones artísticas, campañas de boicot o el uso estratégico
de medios digitales, se rompe el silencio y la invisibilidad impuesta por los
poderes dominantes.
Construir
alternativas: A nivel
local, las resistencias creativas fomentan estructuras comunitarias basadas en
la solidaridad, la equidad y la gestión pacífica de conflictos, actuando como
laboratorios de la cultura de paz.
Fomentar la
solidaridad transnacional: Los movimientos globales, como las campañas de boicot o las acciones de
solidaridad con Palestina, demuestran que la presión económica y moral de la
ciudadanía mundial puede desafiar las narrativas y las políticas de los Estados
más poderosos. Estos movimientos, al exigir el respeto del derecho
internacional humanitario y oponerse al genocidio, son una expresión directa de
la no violencia activa en el plano global.
La tarea
socioacadémica de hoy es doble: no solo debemos analizar la urgencia de la no
violencia, sino también estudiar y potenciar la efectividad de estas
resistencias creativas, reconociéndolas como el motor ético y político
indispensable para construir un futuro de paz, tolerancia y justicia.

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