Foto: Marvin
Recinos
La reforma
constitucional recientemente aprobada por la Asamblea Legislativa de El
Salvador, que permite la reelección presidencial indefinida, marca un punto de
inflexión alarmante y consolida la deriva autoritaria del régimen de Nayib
Bukele.
Esta enmienda,
que pisotea la esencia de la alternancia en el poder, es la formalización de un
«Bukelato» perpetuo, un sistema donde la voluntad de una sola persona se impone
sobre el diseño democrático de la República.
Esta reforma no
es un hecho aislado, sino la culminación de un proceso de erosión
institucional. El control absoluto del Órgano Legislativo, y la cooptación de
otras instituciones del Estado, han allanado el camino para una concentración
de poder sin precedentes.
La reelección
indefinida no solo ignora la prohibición histórica de esta figura en la
Constitución salvadoreña, sino que además cierra la puerta a cualquier
posibilidad de contrapeso o rendición de cuentas. En este nuevo panorama,
defensores de derechos humanos y opositores políticos se enfrentan a un futuro
incierto, donde el disenso es criminalizado y la persecución se convierte en
una amenaza constante.
El riesgo de un
contagio regional
El avance de este
modelo dictatorial en El Salvador no es solo una tragedia para el pueblo
salvadoreño, sino una grave amenaza para toda la región.
La consolidación
de un «Bukelato» tecnofeudal, que utiliza las redes sociales para el control y
la vigilancia, podría convertirse en un modelo a seguir para otros líderes con
aspiraciones autoritarias. Y, la indiferencia de la comunidad internacional ante
esta situación podría tener consecuencias nefastas. Es urgente que organismos
como la CELAC y la OEA se pronuncien en contra de este atropello democrático y
rechacen la constitucionalización de la dictadura.
La historia nos
enseña que el silencio frente a la opresión tiene un alto costo. La masacre de
1932, perpetrada por la dictadura de Maximiliano Hernández Martínez, es un
recordatorio doloroso de lo que sucede cuando se permite que el poder absoluto
anule los derechos y la vida de la población. No podemos permitir que la
historia se repita.
Llamado a la
resistencia y la condena
Los pueblos y
sectores populares de la región, organizados o no, tenemos la obligación moral
de condenar y repudiar esta reforma. La lucha por la democracia en El Salvador
es, en esencia, la defensa de la democracia en toda América Latina. No podemos
quedarnos de brazos cruzados mientras se consolida un régimen que anula las
libertades y criminaliza la disidencia.
Es crucial que la
sociedad salvadoreña, con el apoyo de la comunidad internacional, se levante y
resista esta imposición. El camino será difícil, pero la defensa de los
derechos, la justicia y la libertad es una lucha que no se puede abandonar. La
historia juzgará a quienes se atrevieron a callar y a quienes, a pesar de las
adversidades, alzaron su voz contra la tiranía. La lucha por la democracia en
El Salvador continúa, y en este momento crítico, es más importante que nunca.
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