Por Ollantay Itzamná
Hoy, 29 de noviembre, la Organización de las Naciones Unidas (ONU) conmemora el Día Internacional de las Defensoras de Derechos Humanos, una fecha establecida para reconocer la valentía y el trabajo esencial que miles de mujeres realizan en todo el mundo, a menudo en las circunstancias más adversas.
Doble peligro y resistencia cotidiana
Las mujeres que se levantan para defender derechos —ya sean indígenas,
campesinas, obreras o activistas comunitarias— enfrentan un nivel de riesgo
significativamente mayor que sus compañeros varones. Su noble misión de
proteger los derechos desde sus comunidades y territorios se desarrolla en
contextos marcados por el machismo y el racismo.
Este entorno hostil les impone un doble castigo:
Hostigamiento por
su activismo: Son perseguidas, amenazadas o criminalizadas por las mismas
fuerzas que intentan vulnerar los derechos que defienden (intereses
empresariales, estatales o fácticos).
Violencia de
género: Sufren ataques específicos por el hecho de ser mujeres, incluyendo
amenazas de violencia sexual, difamación para dañar su honra y el
cuestionamiento a su papel en la esfera pública, intentando devolverlas a roles
de género tradicionales.
La invisibilización de su lucha
A pesar de su papel fundamental, la labor de las defensoras de derechos humanos
es muy pocas veces visibilizada o reconocida. Históricamente, en sociedades
patriarcales y racistas, se les ha negado su cualidad de sujetas de derechos.
Como resultado, se les niega aún más la cualidad de ser reconocidas como
defensoras de derechos.
Su trabajo se invisibiliza bajo la sombra de estructuras que privilegian las
voces masculinas o los perfiles públicos tradicionales. Esta negación
institucional y social obstaculiza el apoyo que merecen y las deja aún más
expuestas a los ataques.
El desafío de la organización y la emancipación
El principal desafío para las defensoras de derechos reside en fortalecer sus
redes y asegurar su sostenibilidad a largo plazo. En lugar de replicar
estructuras jerárquicas, la clave está en la creación y consolidación de
comunidades de defensoras de derechos.
Estas comunidades horizontales permiten protección colectiva, soporte
emocional, intercambio de saberes entre otros.
Otro desafío
crucial es emanciparse del patriarcado y del machismo que no solo estructuran a
los pueblos y estados, sino que «nos configuran a tod@s» y que se ha incrustado
incluso dentro de los propios movimientos sociales y comunitarios. El
reconocimiento pleno de su trabajo pasa por desmantelar estas estructuras
internas y externas, asegurando que la defensa de los derechos humanos sea una
misión verdaderamente equitativa e inclusiva.
La pandemia no
nos silenció aún. Sigamos cultivando las ideas desde nuestros huertos

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