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Por
Ollantay Itzamná
El 1 de
agosto es el Día Mundial de la Pachamama, una fecha que trasciende lo andino
para resonar en la memoria colectiva de la humanidad. Esta celebración no es un
simple folclorismo pintoresco, sino la expresión profunda de un vínculo
primordial que une a los seres humanos con la Tierra. La Madre Tierra cósmica
ha sido, para casi todas las grandes civilizaciones premodernas, una divinidad
dadora y sustentadora de la vida.
La
Pachamama andina, la Gaia griega, la Gea romana o la Coatlicue mexica son
nombres distintos para un mismo concepto fundamental: la conciencia de que
nuestra existencia está intrínsecamente ligada al bienestar de nuestro hogar planetario.
En la actualidad, esta conexión ancestral emerge con una fuerza renovada, casi
como brasas que se avivan bajo las cenizas. Este resurgimiento ocurre en un
momento crítico de la historia, en el que el proyecto civilizatorio moderno ha
fracasado estrepitosamente. Lejos de cumplir su promesa de progreso y bienestar
para todos, este modelo ha desencadenado una crisis planetaria sin precedentes:
la destrucción de ecosistemas, el cambio climático y la pérdida masiva de
biodiversidad. El culto al crecimiento ilimitado y la mercantilización de la
Madre Tierra han llevado a la humanidad al borde del abismo.
Ante este
panorama desolador, la propuesta ético-espiritual-política de la Pachamama se
presenta como una alternativa vital. En las cosmovisiones de los pueblos
originarios, la relación con la Madre Tierra no es de dominio o explotación,
sino de reciprocidad y respeto. La Tierra no es un recurso inagotable, sino un
ser vivo con el que se convive, se dialoga y se celebra. Esta ética de la vida,
presente en las espiritualidades de los pueblos aborígenes, contrasta
radicalmente con el extractivismo y el individualismo que caracterizan a la
modernidad.
Sin
embargo, en un intento por desactivar la potencia transformadora de esta
visión, hemos sido testigos de cómo diversas instituciones han intentado vaciar
de significado a la Pachamama. Organizaciones no gubernamentales, agencias de
cooperación financiera e incluso sectores de la izquierda han contribuido, a
veces de forma inconsciente, a la folclorización del concepto. Al reducir la
Pachamama a un mero símbolo cultural o a una festividad exótica, se le extirpa
su dimensión ética y política. Se borra su significado filosófico como fuente,
sostén y destino de la existencia humana.
La
folclorización andina, en particular, ha intentado extirpar la esencia de la
Pachamama como un sistema de vida, con sus propios códigos de convivencia y
producción de bienestar. Al convertirla en una postal turística, se la despoja
de su capacidad para interpelar críticamente el modelo dominante. Pero, a pesar
de estos intentos de domesticación, la llama de la conexión con la Tierra sigue
viva en las comunidades.
Hoy, en
cada rito de ofrenda y en cada acto de gratitud, los pueblos reafirmamos
nuestra convicción de que la Pachamama no es una categoría del pasado, sino la
esperanza del presente y del futuro. La celebración del 1 de agosto es un acto
de resistencia y un llamado a repensar nuestra forma de habitar el planeta. Es
un momento para recordar que no estamos solos, sino que somos parte de una red
de vida interconectada. Es una invitación a dejar de ser depredadores para
convertirnos en guardianes, a escuchar la voz de la Tierra y a sanar las
heridas que le hemos infligido.
Celebrar el
Día de la Pachamama es, en esencia, celebrar la vida. Es un compromiso ético
con las generaciones futuras, un reconocimiento de que la sabiduría ancestral
puede iluminar el camino hacia un futuro más justo y sostenible para todos los
seres vivos.
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