sábado, 21 de enero de 2017

Page 5: EL MURO DE TRUMP: 3 MIL KILOMETROS DE MUERTES, ABUSOS Y TERRENOS INACCESIBLES




Por Luis Carlos Rodríguez/The Exodo

Tijuana.- Desde las Playas de Tijuana, frente al mar, donde inicia la patria mexicana, hasta Matamoros, Tamaulipas, en los casi 3 mil 150 kilómetros de frontera entre México y Estados Unidos, pasando por accidentes geográficos como montañas, desiertos que son cementerios de miles de migrantes, un Río Bravo sinuoso y traicionero, terrenos inaccesibles y escasamente poblados, son las zonas donde Donald Trump pretende erigir su muro que busca cerrar el paso a los migrantes mexicanos, centroamericanos, cubanos, haitianos y africanos que buscan el “american dream”.
Por Playas de Tijuana, la Colonia Libertad y toda la zona urbana de esta fronteriza ciudad, es prácticamente imposible cruzar la calidad de indocumentado. Claro, a menos que se tenga contacto con organizaciones como la “Gringo Coyote Company” que tiene nexos y tratos con agentes de la Patrulla Fronteriza y que permiten el paso de migrantes que han pagado miles de dólares para llegar a San Diego, San Ysidro o cualquier ciudad estadunidense.
Karla es de Guerrero y vive en Los Ángeles, California. Cruzó hace tres años por Tijuana con un pollero o traficante que la cruzó, con el aval de un agente de la Patrulla Fronteriza, por la Garita de San Ysidro.
“Tienen camionetas acondicionadas y me escondieron en la parte de adentro del tablero de una camioneta Suburban. Era un matrimonio de gringos con un bebé, para no despertar sospechas. Dentro del tablero tienen un sistema de ventiladores y de comunicación para que no te ahogues. Fue una travesía de siete horas por el tráfico en la garita”, recuerda Karla, hoy de 19 años, pero que cruzó la frontera siendo una adolescente.
“Yo creo que aún si se construyera el muro seguirá la migración. Claro te van a cobrar más caro de los 4 mil dólares que me costó a mí. Además de que en trabajos del campo, limpieza, maquiladoras, se va reclamar mano de obra mexicana. Los gringos que apoyaron a Trump no le van entrar a esos trabajos”, indicó a The Exodo.
De acuerdo al académico e investigador del Colegio de la Frontera Norte (Colef), Xavier Oliveras, los principales obstáculos para que Donald Trump construya un muro a lo largo de los 3, 145 kilómetros de frontera es que además de los obstáculos físicos, la logística para transportar materiales a una zona agreste puede dificultar un muro del cual hasta el momento no se tienen detalles, sino sólo declaraciones del presidente electo de Estados Unidos.
El periodista mexicano Juan José Romero Razo, corresponsal en San Luis Río Colorado, Sonora, recuerda que hace una década, cuando se construía, por cierto la mayoría de los obreros y soldadores eran mexicanos, una parte del muro en la frontera con Arizona, una funcionaria del Departamento de Estado arribó en helicóptero para supervisar las obras.
“Los ingenieros estadunidenses encargados de la construcción, en pleno desierto, le recomendaron no exponerse mucho al sol y evitar caminar más de unos metros en ese clima seco de más de 40 grados. La funcionaria de Washington no hizo caso y camino unos 600 metros a lo largo del muro de metal que se estaba construyendo. De pronto se desvaneció y la llevaron de urgencia a un hospital en Arizona. Murió a las pocas horas por el golpe de calor. De ese tamaño es el peligro de cruzar por el desierto y de construir un nuevo muro”, comentó.

De acuerdo con el académico Xavier Oliveras “la construcción de un muro es posible desde un punto de vista técnico, de ingeniería. El problema importante es el financiamiento, pues hay lugares que lo dificultarían mucho, como por ejemplo el sector bajo del Río Bravo, en la frontera de Texas con Tamaulipas”.
“El río no es una línea recta, hay muchas sinuosidades. Si el muro tuviera que seguir exactamente el límite fronterizo eso implica mucha extensión, mucho material”, dijo en entrevista al diario “La Razón”.
Por ejemplo se observó en mapas satelitales que 45 km al sur de Ojinaga, Chihuahua, el Río Bravo, la frontera natural que divide a los dos países a lo largo de 1,350 kilómetros, comienza a serpentear en medio del Cañón del Tapado, donde hay un macizo montañoso.
“En este punto, las montañas son casi tres veces más altas del lado de EU y por más de 70 km el cuerpo de agua avanza en medio de cañones de más de 100 metros de profundidad. El área está deshabitada, salvo un tramo en el que la carretera 170 de EU avanza junto al río”.
Otro problema, mencionó Olivares, está cuando el límite fronterizo pasa por zonas montañosas, donde las pendientes son muy pronunciadas, lo que dificultaría el acceso a maquinaria de construcción.
Esta situación se puede observar en Baja California, donde el muro se extiende intermitentemente desde las playas de Tijuana hasta Mexicali, hay 105 kilómetros de terreno montañoso hasta La Rumorosa, donde comienza una planicie desértica de 472 kilómetros hasta Sásabe, en Sonora.
El investigador del Departamento de Educación Continua del Colef recordó que ya existen varios segmentos de un muro, cuya construcción arrancó en la zona de San Diego en 1994, cuando entró en vigor el Tratado de Libre Comercio.
Sin embargo, el mayor impulso lo tuvo en 2006, cuando el expresidente George W. Bush firmó el Secure Fence Act, por lo que de 2007 a 2009 se edificó la mayoría de los 1,126 kilómetros del muro que se levanta en al menos cinco sectores.
“Cuando el presidente Bush construyó parte del muro que ya existe el presupuesto inicial se acabó multiplicando en algunos casos 10 veces más con respecto a lo que inicialmente había previsto”, apuntó.

Al ser cuestionado sobre las características del muro fronterizo, el estudioso explicó que se trata de una obra discontinua en Tijuana, Mexicali, Nogales, Ciudad Juárez, Piedras Negras, Ciudad Acuña, Nuevo Laredo y Matamoros.
“Tenían que ser 400 kilómetros continuos, pero por el río acaban siendo pedazos. En algunos lugares hay un muro de concreto; en otros es una placa metálica y en otros es simplemente obstáculos que impiden el paso de automóviles pero no de personas, e incluso es una malla metálica para evitar el paso del ganado”, concluyó.


Page 4: USA: The 'Most Ominous' Inauguration in American History With Trump's arrival, American global exceptionalism is dead.



Photo Credit: Jeso Carneiro / Flickr


The sort of foreboding that pervades Washington on the day of Donald Trump’s inauguration is not unprecedented, but it hasn't been felt so strongly in a long time.
Indignation about the usurping of democracy erupted when President George Bush was inaugurated in 2001. But the protest at the swearing-in of a lightweight dynast appointed by Supreme Court decision was not fearful. At the time, Bush was seen as a pretender, not the incompetent menace he proved to be. His inauguration was not boycotted like Trump’s has been.
Richard Nixon was inaugurated in January 1969 when the country was riven by rioting, assassination and a deeply unpopular war, but no one could doubt Nixon was the man most Americans wanted in the office. He was known as Tricky Dick, but he was more trusted than Trump.
In 1933, Franklin Roosevelt was inaugurated at a moment when the country’s economy had collapsed and the ruling class was in in disarray. But FDR was both popular and had the confidence of the economic elite of which he was a scion. Even his enemies extended FDR goodwill as he came to office. Trump gets little goodwill from his defeated rivals because he extends none.
Today's fears are not nearly as ominous as they were in March 1861. Faced with the inauguration of Abraham Lincoln, an anti-slavery Republican, the southern state prepared to secede. Lincoln felt obliged to say, “There will be no bloodshed unless it is forced upon the Government,” a caveat some doubted he would enforce.
Historically speaking, the fear and loathing that accompanies Trump’s ascendancy in 2017 most resembles the mood of Washington in 1829. Then as now, the capitals political recoiled at the inauguration of a brash outsider contemptuous of the educated and financial elites. As the inauguration of Andrew Jackson approached, the political class in the nation’s capital—lawyers, lobbyists, clerks (now called bureaucrats), and newspapermen (the media)—feared and mistrusted the incoming president. Like Trump, Jackson was seen by many in Washington as an aberration and as incipient tyrant. Jackson, a war hero and slave owner, lauded common (white) men as the key to American greatness and excoriated the East Coast elite as their nemesis, thus coining two enduring themes of American politics that Trump tapped with demagogic skill. 
Of course, the parallels are not exact. Jackson was genuinely popular, while Trump is genuinely unpopular. Jackson gained the presidency by winning the popular vote handily. Trump lost the popular vote and was only elected by the archaic mechanism of the Electoral College. The Jacksonian insurgency had a popular legitimacy; a democratic character, at least in the white male electorate, that Trump does not have in multiracial America.
So while Trump’s inauguration is not prelude to civil war, it likely portends an epic struggle over the nature of the American government. Like the Jacksonian insurgency, the Trump ascendancy is a threat to the country’s ruling elite. Like secessionist south, the Trump ascendancy is a threat to democratic and constitutional government.
The Washington Post’s E.J. Dionne calls it the "most ominous" inauguration in modern history, citing Trump’s hostility to democratic norms. Yahoo News’ Matt Bai sees the "end of the American century," citing Trump’s repudiation of the structures of American power since World War II such as NATO, the United Nations, and the global regime of free trade.
But Trump’s capture of the White House was made possible by the very weakness of those norms (which didn’t quite extend to the Bernie Sanders campaign or voters disenfranchised by the Supreme Court’s gutting of the Voting Rights Act) and the evident failure of those power structures (which in recent decades have delivered growing inequality and unsuccessful wars, not economic security, to most Americans).
Exceptionally Exhausted
Behind the democratic deficit and economic dysfunction—and Trump’s triumph—is the exhaustion of American exceptionalism, that enduring civic creed that holds the United States is, or should aspire to be, a light unto the world, a "shining city on a hill.” In American politics, the term American exceptionalism (let’s call it AE) often has conservative connotations. But the notion that America is destined and entitled to extend its dominion over the world has deep roots in American history.
In 1942, Time magazine publisher Henry Luce coined the term the "American Century” in retailing the idea that only America deserved to be the world’s pre-eminent power. After World War II, liberal intellectuals played a leading role in building the national and international institutions that enforced American domination. Since the election of Bill Clinton, the Democratic Party has mostly deferred to this corporate order rather than reform or restructures it.
A conservative version of AE was popularized by President Ronald Reagan in the 1980s. Reagan never tired of invoking the “shining city on a hill” even as his administration funded CIA dirty wars in Central America and subverted Congress with the Iran-Contra scheme. A neoconservative version of AE helped propel President George W. Bush into Iraq, believing that U.S. military force would remove Saddam Hussein and the grateful Iraqi people would adopt our politics and emulate our institutions. The neoconservative version of AE proved to be the gift wrapping on a package of folly, war crimes and defeat.
Barack Obama was denounced by John Bolton and other right-wing critics for not believing in AE. Obama’s heresy was to note that other peoples and countries think of themselves as exceptional—and so they do. But Obama avowed he believed in AE "with every fiber of my being." He just had a different version of AE.
While Reagan and Bush’s AE tended to be nationalist, militaristic and implicitly Christian, Obama offered a more internationalist, diplomatic and multicultural variation. It was America’s evolution as a multiracial democracy (culminating in his own rise to power) and liberal post-war leadership (ditto) that made the USA a light unto the world, he said.
Obama’s AE was relatively attractive, at least to the college-educated. His personal story offered hope that the country had transcended its racial heritage and in some ways it had. But while Obama orchestrated stabilized and regulated the U.S. and global economy, he relied on the national and international economic elites to lead the country out of the Great Recession. He did not attempt any restructuring of the institutions that embodied and powered America’s exceptionally ambitious role in the world since 1945. He advocated progressive tax and health care policies, but he left job creation to the corporations who had every incentive to outsource. 
Obama was successful, especially in comparison to his successor. But his economics results were, at best, unevenly distributed. The free-trade deals that Obama touted offered little and delivered less for American workers without college degrees. Poverty didn’t begin to decline until his last year in office, and even that is disputed. To a lot of voters, Obama’s multicultural AE looked like the gift-wrapping on economic abandonment.
Trump’s call to “Make America Great Again” may sound like an AE slogan, but it isn’t. Trump does not want to be America to be an example to the world any more than he aspires to be an example to your teenage son. He doesn’t trust the globalized economic regime because it has abandoned the working-class white voters who admire him most. Trump doesn’t want America to be exceptional—as in unique, just and inspiring. He wants America to be great, as in powerful, pre-eminent and independent.
So the opposition gathering in Washington to protest Trump’s inauguration has a double challenge: to resist Trump’s government of generals and billionaires while offering a vision of American government that doesn’t rely on the idea that America and its institutions are exceptional.
It won’t be easy. Trump’s opponents are united in opposition to the man, but still divided on tactics. While the battle cry "Not My President" voices a visceral feeling, it is hardly inspiring to those who want a president who cares about delivering jobs to Americans. During the campaign, Hillary Clinton campaigned on the certainty that Trump’s sexual misbehavior would discredit his anti-elitist message. She assumed liberal AE would trump reactionary #MAGA. She was wrong and here we are, filled with foreboding.


Jefferson Morley is a former reporter for the Washington Post. His latest book is "Our Man in Mexico: Winston Scott and the Hidden History of the CIA." He runs the website jfkfacts.org.

Page 3: RECUPERARE EMPLEOS, RIQUEZA Y FRONTERAS: TRUMP



The Exodo

En su primer mensaje luego de su juramento como el Presidente número 45 de Estados Unidos, Donald J. Trump proclamó que la frase “Estados Unidos, primero”, será la nueva visión que gobernará al país para recuperar su gloria, su riqueza y sus fronteras.
Frente al presidente de la Corte Suprema de Justicia, John Roberts, Trump, de 70 años de edad, hizo el juramento con la mano izquierda sobre su biblia personal y otra usada por Abraham Lincoln en 1861, mientras mantenía alzada la mano derecha.

“Tendremos un nuevo decreto para todos los lugares: de este día en adelante una nueva visión gobernará nuestra tierra, de ahora en adelante será solo Estados Unidos primero”, exclamó.

Trump sostuvo que Estados Unidos no buscará imponer su voluntad sobre otros países, sino que dejará que brille como ejemplo para la humanidad.

“Estados Unidos empezará a ganar otra vez, a ganar como nunca antes, vamos a traer de regreso nuestros trabajos, nuestras fronteras, nuestra riqueza y nuestros sueños”, remató.

Sin aludir directamente el tema de México y de la construcción del muro fronterizo, reiteró su propósito de defender sus propias fronteras y no las de otros países, así como regresar a Estados Unidos los empleos que otros gobiernos estadunidenses promovieron en naciones extranjeras, ello en clara alusión al TLCAN.



EDITORIAL Page 2: Con Trump en el poder volveremos a vivir los días amargos de la historia



Por Armando García

Donald John Trump recibe la presidencia de Estados Unidos de América para gobernar un país dividido entre los que más tienen y los que menos tienen, entre la mayoría blanca y la creciente población hispana y de otras minorías. Entre los poderosos y los más desafortunados.
Estados Unidos tiene ahora  a una persona que ha despertado  el racismo, la xenofobia, y su consigna de hará a América fuerte nuevamente, en el subtexto de sus palabras está diciendo que Estados Unidos debe regresar a los años 40s, 50s, 60s del Siglo XX donde el racismo, la discriminación, la exclusión contra las minorías se respiraba en cada rincón de América.
El Presidente Trump representa un genuino autoritarismo americano, que solo podría surgir en Estados Unidos, precisamente como reacción frontal y visceral contra lo que el país representa. Trump es la adaptación televisiva y empresarial supremacista, histérico-fóbico de la población sajona mayoritaria a los que Trump se les hizo creer que estaban acorralados y a punto de ser aniquilados o erradicados por los inmigrantes de países latinoamericanos o los musulmanes etiquetados de terroristas y que, por tanto, lo eligieron presidente para defender su existencia.
Con Trump, la comunidad inmigrante vive ahora con un miedo fundamentado de que se hagan más frecuentes o rutinarias las redadas migratorias en los centros de trabajo y campos agrícolas. Las promesas de campaña de Trump, empezaran a hacerse realidad en los primeros 100 días de su gestión, empezando con eliminar el Obamacare, luego con restricciones de entrada en la frontera con México; terminar el programa DACA que protege a inmigrantes que llegaron a este país a una temprana edad de manera irregular y que su sueño es vivir y trabajar en el país que crecieron y se educaron.
Hay que estar vigilantes y no quedarse pasivos si Trump veta, repele, deshace, las conquistas legislativas que el país disfruta en favor de la población vulnerable y minoritaria. Ojala que el patriotismo que tanto pregona Trump opaque el prejuicio racial que él provocó y realmente Estados Unidos sea nuevamente la nación que ha dejado de ser por la misma culpa de las administraciones que han estado alejadas del pueblo estadounidense, pero no a costa de un regreso a los días amargos de esta nación donde los derechos civiles eran violados por gobernantes, empresarios, autoridades, que en esos días pensaban igual o peor que el Presidente Trump. Hablando de derechos civiles, Martin Luther King Jr., dijo una vez que: “Las leyes de derechos civiles no impiden que alguien nos odie por el color de nuestra piel. Pero si impiden que se nos linche”. Con Trump esperamos un linchamiento moderno a los inmigrantes, musulmanes, afroamericanos, mexicoamericanos y al resto de la población de color de piel diferente a la que tiene el presidente Trump.







Nuestra América Magazine Vol XXV # 1 2017



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